A principios de los años ochenta
Ernesto Bañuelos y yo sentimos el impulso de salir a recorrer las calles de la
ciudad con el propósito de hacer una obra escénica que, prescindiendo del
director, nos permitiera recuperar la memoria urbana. Eran tiempos en que, sin
consulta ciudadana alguna, durante la regencia Carlos Hank González y bajo el
lema oficial "La ciudad es de todos", el paisaje de nuestra metrópoli
se transformaba.
Aquí y allá se destruyeron calles, se
tiraron camellones, se talaron árboles y se redujeron las banquetas para dar
paso a los ejes viales mientras la numeración que se les asignaba iba
sustituyendo la nomenclatura original de calles y avenidas: de la noche a la
mañana nos encontramos con la memorable avenida San Juan de Letrán convertida
en Eje Central, la calle Eugenia rasurada -literalmente pelona sin camellón ni
palmeras fue rebautizada como Eje 5 Sur, y el Parque de Mariscal Sucre
desapareció seccionado por nuevos trazos. El peso flotaba, las organizaciones
sindicales se manifestaban en contra de los topes salariales y a la par se
instituía el cobro del IVA.
No contábamos con texto alguno, de tal
suerte que asumimos que tendríamos que encarar el rol del autor a partir de
nuestra experiencia como actores. Diseñamos una metodología que consistía en
los siguientes pasos: investigación en campo; recopilación de información;
desarrollo de improvisaciones; elaboración del guion teatral y puesta en
escena.
Para la investigación en campo
diseñábamos rutas. Un día seguíamos el recorrido del autobús Roma-Mérida, unos
tramos en transporte público y otros caminando. Nos deteníamos a mirar tras las
rejas de alguna escuela pública lo que ocurría en el patio a la hora de hacer
Honores a la Bandera para, al día siguiente, adentrarnos en callejones de la
colonia Guerrero. Por las noches la visita a un salón de baile, a un hoyo Funk,
a una esquina en Insurgentes donde una María se guarecía de la lluvia. El
último piso de la Torre Latinoamericana y el mirador de la carretera
México-Cuernavaca servían de observatorio para cartografiar la ciudad.
A manera de diario o bitácora de viaje
-porque en realidad nos sentíamos viajeros en nuestra ciudad- cada uno hacía
anotaciones acerca de aspectos que llamaban su atención durante la jornada,
realizaba el registro de los sonidos escuchados, de fragmentos de
conversaciones oídas, de las personas vistas y de los recuerdos personales que
algún sitio le hacía evocar. De ahí, de la información recabada, pasábamos a la
improvisación en escena de donde iban surgiendo los textos que transcribíamos
para dar cuerpo al guión que se escribía de manera simultánea al montaje de la
obra que anunciábamos así en el programa de mano:
“Sufrir la ciudad no quiere decir odiarla.
Quienes vivimos aquí con cierta conciencia de habitantes, no tenemos más
remedio que amarla a pesar de todo. A pesar de los autobuses pintados. A pesar de
los semáforos descompuestos. A pesar de la polución. Finalmente, habrá que
pensar en soluciones para esta ciudad: quienes la amamos no podríamos dejarla
morir con los brazos cruzados. Nos está tocando vivir la transformación, el
crecimiento desmesurado, la escasez, el desquiciamiento. Cada nueva avenida
significa un daño al paisaje anterior. El
riesgo es perder la memoria.
Que digan que estoy dormido, es un
espectáculo que parte de esta preocupación. Quiere ser un poema, una
recuperación del mito, quiere ser una experiencia vivida desde dentro, desde la
relación que cada uno de nosotros podría guardar con el todo, con ese montón de
calles desordenadas, con los edificios, con el asfalto, con varios millones de
personas más”.
Con el apoyo de Romel Rosas que se
integró como asistente y diseñador de la escenografía y el vestuario hicimos un
esbozo del andamiaje de la obra que tenía como hilo conductor un “rumor urbano”
que contaba la desgracia ocurrida a una pequeña, conocida como la Niña Cerelac
por haber participado en un anuncio comercial de ese producto.
Según el rumor una pareja de
sudamericanos (uruguayos o argentinos) aprovechando la amistad que habían hecho
con los padres de la niña, durante la ausencia de éstos, se la robaron para,
después de matarla, abrirla en canal y rellenarla con droga que transportarían
en su cuerpecito haciéndola pasar, en la aduana, como su hijita dormida. Para
enfatizarlos como personajes de mera ficción, la pareja de malvados aparecía en
atmósfera de café concert cantando:
“Venimos desde muy lejos de paso por la
ciudad el conecte es la morfina sin nombre ni identidad. De todas las
pequeñitas que habitan en la ciudad tan sólo preferimos a una en particular. Sus
felices progenitores confianza nos tomarán y cual vecinos deliciosos gozarán
nuestra amistad. Al cine, al parque, a la feria llevaremos a pasear a la niña encantadora
que ya casi sabe hablar… es la Niña Cerelac”...El montaje estaba estructurado en
viñetas escénicas que mostraban historias de personajes anónimos de la ciudad.