miércoles, 15 de junio de 2016

"De dos en fondo a ninguna parte"... (1982)






La pieza había sido creada para un programa de teatro itinerante de la UNAM. La obra, dirigida por Germán Castillo, abordaba en distintos tonos y géneros dramáticos: pieza, melodrama y farsa, la relación de pareja. Realizamos improvisaciones escénicas para generar el texto dramático que fue estructurando Carmen Limón.


El director ideó para la obra una escenografía móvil construida con una estructura tubular, muy fácil de desmontar, lámparas atornilladas a los tubos, un par de sillas de madera plegables, una mesa de dimensiones regulares y un tablero también móvil. Además de su funcionalidad, para su fácil montaje en las distintas sedes en que se presentó, la escenografía creaba la ilusión de intromisión en el espacio de intimidad de los personajes, como si se mirara a través de paredes invisibles. La obra fue representada en diversas facultades de la UNAM y en algunos centros de reclusión penal del Distrito Federal, a través del programa de Extensión Académica.





"Lección de anatomía"





Con la colaboración de Carmen Limón como guionista, realizamos el suceso teatral Lección de anatomía (1981). Del mismo modo que habíamos hecho con la puesta en escena sobre la ciudad, llevamos a cabo el trabajo de campo y la investigación en gabinete: visitamos clínicas y hospitales de distintas especialidades, entrevistamos a médicos, enfermeras y pacientes; acudimos a la morgue de la Facultad de Medicina para asistir a la disección de un cadáver; y revisamos material documental y bibliográfico sobre medicina social, corriente que pugnaba por lograr una visión integral de la medicina que considerara a los pacientes como individuos que interactúan en un contexto social; y cuestionaba la práctica médica por especialidades por ser un enfoque que tiende, por una parte, a mirar a las personas a través de los órganos y sistemas enfermos, como si se tratara de seres fragmentados; y por otra, deja de lado la compleja relación de los pacientes con su entorno familiar, laboral y social.

Con los elementos de la investigación pasamos a la improvisación en escena –con Carlota Villagrán integrada también como actriz-, a la grabación de los diálogos que se generaban durante estos ejercicios, y a la transcripción de los mismos que, con un tratamiento más depurado, llevaba a cabo Carmen Limón, formada en comunicación en la Universidad Iberoamericana, para dar cuerpo al guion y a la creación colectiva de la puesta en escena.




Lección de anatomía se escenificó para estudiantes de las distintas facultades y escuelas de estudios profesionales de la UNAM, pero lo más interesante de esta experiencia teatral serían las presentaciones en nosocomios con un público conformado por pacientes, médicos y enfermeras que se veían reflejados y confrontados en la escena. Al finalizar la presentación se abría un espacio para que el público debatiera sobre los contenidos y fijaran posiciones: había quienes discrepaban y quienes manifestaban su identificación con uno u otro personaje.

Asumimos Lección de anatomía como un espectáculo didáctico; un suceso teatral sobre la muerte, la enfermedad y la vida en el que “jueguen plenamente los elementos de esta rama del arte, para llamar a los futuros médicos y al público en general a la reflexión sobre un tema tan viejo como la humanidad: la conservación y preservación de la vida del hombre”. Así expresábamos en el programa de mano los propósitos del montaje basado en textos de Thomas Mann, de los doctores Quiroz, Troncoso y Escudero; y escenas escritas por los integrantes del grupo.





“La ciudad es de todos… que digan que estoy dormido”






                           
A principios de los años ochenta Ernesto Bañuelos y yo sentimos el impulso de salir a recorrer las calles de la ciudad con el propósito de hacer una obra escénica que, prescindiendo del director, nos permitiera recuperar la memoria urbana. Eran tiempos en que, sin consulta ciudadana alguna, durante la regencia Carlos Hank González y bajo el lema oficial "La ciudad es de todos", el paisaje de nuestra metrópoli se transformaba.

Aquí y allá se destruyeron calles, se tiraron camellones, se talaron árboles y se redujeron las banquetas para dar paso a los ejes viales mientras la numeración que se les asignaba iba sustituyendo la nomenclatura original de calles y avenidas: de la noche a la mañana nos encontramos con la memorable avenida San Juan de Letrán convertida en Eje Central, la calle Eugenia rasurada -literalmente pelona sin camellón ni palmeras fue rebautizada como Eje 5 Sur, y el Parque de Mariscal Sucre desapareció seccionado por nuevos trazos. El peso flotaba, las organizaciones sindicales se manifestaban en contra de los topes salariales y a la par se instituía el cobro del IVA.

No contábamos con texto alguno, de tal suerte que asumimos que tendríamos que encarar el rol del autor a partir de nuestra experiencia como actores. Diseñamos una metodología que consistía en los siguientes pasos: investigación en campo; recopilación de información; desarrollo de improvisaciones; elaboración del guion teatral y puesta en escena.

Para la investigación en campo diseñábamos rutas. Un día seguíamos el recorrido del autobús Roma-Mérida, unos tramos en transporte público y otros caminando. Nos deteníamos a mirar tras las rejas de alguna escuela pública lo que ocurría en el patio a la hora de hacer Honores a la Bandera para, al día siguiente, adentrarnos en callejones de la colonia Guerrero. Por las noches la visita a un salón de baile, a un hoyo Funk, a una esquina en Insurgentes donde una María se guarecía de la lluvia. El último piso de la Torre Latinoamericana y el mirador de la carretera México-Cuernavaca servían de observatorio para cartografiar la ciudad.

A manera de diario o bitácora de viaje -porque en realidad nos sentíamos viajeros en nuestra ciudad- cada uno hacía anotaciones acerca de aspectos que llamaban su atención durante la jornada, realizaba el registro de los sonidos escuchados, de fragmentos de conversaciones oídas, de las personas vistas y de los recuerdos personales que algún sitio le hacía evocar. De ahí, de la información recabada, pasábamos a la improvisación en escena de donde iban surgiendo los textos que transcribíamos para dar cuerpo al guión que se escribía de manera simultánea al montaje de la obra que anunciábamos así en el programa de mano:

“Sufrir la ciudad no quiere decir odiarla. Quienes vivimos aquí con cierta conciencia de habitantes, no tenemos más remedio que amarla a pesar de todo. A pesar de los autobuses pintados. A pesar de los semáforos descompuestos. A pesar de la polución. Finalmente, habrá que pensar en soluciones para esta ciudad: quienes la amamos no podríamos dejarla morir con los brazos cruzados. Nos está tocando vivir la transformación, el crecimiento desmesurado, la escasez, el desquiciamiento. Cada nueva avenida significa un daño al paisaje anterior. El  riesgo es perder la memoria.




Que digan que estoy dormido, es un espectáculo que parte de esta preocupación. Quiere ser un poema, una recuperación del mito, quiere ser una experiencia vivida desde dentro, desde la relación que cada uno de nosotros podría guardar con el todo, con ese montón de calles desordenadas, con los edificios, con el asfalto, con varios millones de personas más”.

Con el apoyo de Romel Rosas que se integró como asistente y diseñador de la escenografía y el vestuario hicimos un esbozo del andamiaje de la obra que tenía como hilo conductor un “rumor urbano” que contaba la desgracia ocurrida a una pequeña, conocida como la Niña Cerelac por haber participado en un anuncio comercial de ese producto.

Según el rumor una pareja de sudamericanos (uruguayos o argentinos) aprovechando la amistad que habían hecho con los padres de la niña, durante la ausencia de éstos, se la robaron para, después de matarla, abrirla en canal y rellenarla con droga que transportarían en su cuerpecito haciéndola pasar, en la aduana, como su hijita dormida. Para enfatizarlos como personajes de mera ficción, la pareja de malvados aparecía en atmósfera de café concert cantando:

“Venimos desde muy lejos de paso por la ciudad el conecte es la morfina sin nombre ni identidad. De todas las pequeñitas que habitan en la ciudad tan sólo preferimos a una en particular. Sus felices progenitores confianza nos tomarán y cual vecinos deliciosos gozarán nuestra amistad. Al cine, al parque, a la feria llevaremos a pasear a la niña encantadora que ya casi sabe hablar… es la Niña Cerelac”...El montaje estaba estructurado en viñetas escénicas que mostraban historias de personajes anónimos de la ciudad.





“Eva, Evita o simplemente Ella”







La música era un elemento que formaba parte fundamental del proceso exploratorio para las puestas en escena de Carlos Téllez con quien también realizamos, en 1978, Ernesto Bañuelos, Jorge Ortiz, Tito Vasconcelos, Matilde Kalfon y yo, "Eva, Evita o simplemente Ella", del dramaturgo y dibujante franco argentino Copi con traducción de Luis Zapata y Olivier Debroise.

La obra, sobre los últimos momentos en la vida de Eva Duarte de Perón, rompía irreverentemente con la mítica imagen de la mujer a quien llamaran “la esperanza de los descamisados”. Fue representada en el teatro del Centro Universitario de Teatro - en la calle de San Lucas, en Coyoacán- y en una breve gira auspiciada por el gobierno del estado de Baja California Sur. Luis Rivero compuso la música de las canciones que a mí me tocaba interpretar y también la de la parte coreográfica, esta última de Jorge Domínguez.


El montaje acentuaba, formalmente, el carácter de cómic con elementos de la escena pintados directamente sobre los muros, la escalera y el piso; y con el uso de pelucas realizadas en papel maché que parecían inspirarse en el Pop Art de Lichtenstein y Andy Warhol, espíritu que también se filtraba estilísticamente en la actuación.










"De ahora en adelante... sólo conciencia de besar"



Cada uno recurría a datos, a retazos autobiográficos que se incorporaban, tal cual, a la narrativa dramática...





A finales de los años setenta compartí con María Eugenia Pulido, Vera Larrosa y Ernesto Bañuelos la experiencia del montaje de la pieza De ahora en adelante… sólo conciencia de besar dirigida por Carlos Téllez, con escenografía de Germán Castillo, que se presentó en Casa del Lago de la UNAM.

La puesta en escena estaba basada no en un texto dramático sino en una serie de poemas de Larrosa y Bañuelos. Romel Rosas acompañó el montaje como asistente de dirección, y tuvo a su cargo el diseño gráfico de los programas de mano y los carteles.

Más que la construcción de personajes, el reto para nosotros -actrices y actor- era reconocer los “registros tonales” de los textos poéticos, y crear atmósferas y situaciones que provocaran tensión dramática. Era claro que no pretendíamos hacer un recital poético en el que se privilegiara la voz, de tal suerte que la primera parte del proceso se centró en el entrenamiento y exploración del cuerpo. Teníamos la certeza de que era en el territorio corporal de cada uno de nosotros donde encontraríamos los detonantes expresivos singulares que permitirían crear el lenguaje escénico del conjunto. No se trataba de algo dancístico o coreográfico sino de hallar el eje del movimiento interno y los subjetivos ritmos anímicos de la acción. No creábamos personajes, estábamos ahí, en el escenario ante una serie de situaciones afectivas y amorosas que nos eran propias.


Cada uno recurría a datos, a retazos autobiográficos que se incorporaban, tal cual, a la narrativa dramática: una escena de una película familiar de Ernesto en su niñez en Torreón, Coahuila, escondiéndose entre las faldas de la Tía Nena que él mismo proyectaba con un viejo aparato sobre los muros de la sala de Casa del Lago mientras decía: “me empecé a dar cuenta de que era diferente cuando en las caricaturas ningún niño se enamoraba de su amigo…”, y se establecían puentes que conectaban las experiencias íntimas particulares con la realidad social que como generación post ‘68 vivíamos.